Tapas con muchas vidas

Multitud de causas sociales han convertido el residuo plástico en su fuente de ingresos

 Decenas y decenas de campañas solidarias haciendo acopio de tapas de plástico; en puntos de recogida, repartidos entre empresas, escuelas, tiendas, residencias, guarderías, ayuntamientos, mercados, asociaciones de vecinos o de jubilados. El objetivo, llegar a recaudar dinero, tapa a tapa, con fines benéficos, en la mayoría de los casos para ayudar a menores enfermos, ya sea pagando una silla de ruedas, una operación o financiando la investigación médica.

El reciclaje de este residuo y los contenedores solidarios no han parado de crecer desde que surgieron las primeras iniciativas en España, con casos pioneros como el de Jaume Estrany (2012), el niño de Palma (Mallorca) con parálisis cerebral fallecido la pasada semana. Millones y millones de tapas reciclados a cambio de unos 200 euros la tonelada de plástico que han servido en la última década para costear infinidad de causas gracias a un trabajo de hormiga, de sumar pequeños esfuerzos y gestos solidarios que empiezan con la recogida de una tapa. Solidaridad pero también una forma de reciclaje respetuosa con el medio ambiente.

“Desde un punto de vista medio ambiental estas campañas solidarias son muy buenas, su función y beneficio son dobles; es positivo todo residuo que no acaba en el medio ambiente o en un vertedero”, destaca Josep Maria Tost, director de l’Agència de Residus de Catalunya (ARC). Los denominados tapas solidarias no acaban en los circuitos públicos de tratamiento de residuos urbanos de origen doméstico.

Las tapas que se recogen en decenas de campañas benéficas se venden a peso en plantas privadas de tratamiento y recuperación de plásticos. Se trata pues de un acuerdo entre particulares en el que no intervienen las administraciones públicas.

Aunque la tapa no es un residuo especialmente problemático, las campañas permiten recuperar decenas y decenas de toneladas de plástico, uno de los vertidos que globalmente más problemas de contaminación está generando en el planeta. Se procesan en plantas especializadas en plásticos y vuelven al mercado en forma de otros productos.

No todo el mundo ve con buenos ojos la tapa solidaria. “Las iniciativas solidarias son muy respetables, pero las campañas del denominado tapa solidaria intervienen en un proceso de gestión de residuos ya establecido, a disposición de toda la ciudadanía, por lo que sería mejor que no las hicieran”, explica a este diario Jordi Pietx, gerente de Ecoembes en Catalunya.

Si las tapas se tiran al contenedor amarillo (envases) enroscados con su botella, son reciclados en este sistema público de recuperación de residuos. En cambio, si se tiran al contenedor amarillo por separado, sin estar enroscados o pegados a su envase o botella, en casi todos los casos acabarán con la parte de la basura que no se recicla (fracción resto) y culminarán su recorrido en vertedores o incineradoras, destacan desde la Agència de Residus de Catalunya.

Las plantas del sistema público de gestión de los residuos domésticos no tienen capacidad en la mayoría de los casos para recuperar unidades tan pequeñas de plástico como las tapas si llegan mezclados y por separado, porque sus sistemas de selección no los identifican. “Si se tira al contenedor por separado se pierde. Si se quiere reciclar la tapa, que se haga a través de las campañas solidarias o se tire al contenedor amarillo siempre enroscado con su envase”, destaca Tost (ARC). No hay estadísticas del reciclaje de las tapas más allá de las iniciativas privadas.

La fórmula de las campañas solidarias, aparentemente sencillas, tiene una gran dificultad: cómo articular una red de puntos de recogida y cómo almacenar un producto que aunque pesa muy poco (de dos a tres gramos por unidad), acaba ocupando mucho volumen. Para reunir una tonelada de plástico en tapas hacen falta entre 300.000 y 400.000 unidades, según cálculos de la ARC.

También hay que transportarlos hasta alguna de las empresas de recuperación de plásticos, que si aceptan procesar este residuo es porque les resulta un negocio rentable, sin ser ningún chollo. Una misión muy compleja y costosa que cuando resulta exitosa es gracias a las redes de voluntarios que colaboran en la recogida, almacenaje y transporte. Sin esta mano de obra gratuita, el precio de la tonelada de tapas, aunque por norma general más duro y de mayor calidad que el plástico de los envases, no serviría ni para cubrir costes y las campañas serían inviables.

Su precio ha variado en el mercado en los últimos años entre los 200 y los 300 euros por tonelada (400.000 tapas). La tapa es un residuo que llega a la planta recicladora bastante limpio y es relativamente fácil procesarlo, ya que no precisa de una maquinaria ni una tecnología específicas. Con un proceso físico y químico las tapas se limpian, se trituran, se funden y se convierten en pequeñas granzas de plástico que se venden a peso. La mayoría de tapas son de dos tipos de plástico similares, materias primeras de la gran industria: el polietileno (PET) y el polipropileno. El primero es más ligero y se reutiliza una vez reciclado para fabricar otros envases e incluso hilo para el textil; el segundo, más duro y resistente, para fabricar una amplia gama de productos: tubos, papeleras o vallas.

La Unión Europea está preparando una nueva legislación para obligar a los fabricantes a producir todas las botellas y envases con las tapas unidos a los envases, para evitar que se puedan separar y un mismo producto origine dos tipos de residuos plásticos, como sucede ahora en la mayoría de los casos. El contexto, la guerra que Europa ha declarado al plástico. “La nueva normativa de la Unión Europea quiere evitar que las tapas acaben vertidos en el medio ambiente”, destaca Josep Maria Tost, director de l’Agència de Residus de Catalunya (ARC). “Si se tiran al contenedor separados del envase y las botellas lo más probable es que se acaben perdiendo y vayan junto a la fracción resto de cada planta de tratamiento de residuos y no entren al circuito de reciclaje”, advierte Jordi Pietx, gerente de Ecoembes en Catalunya.

Por su experiencia, Ecoembes asegura que la mayoría de veces los ciudadanos tiran la botella y el envase junto a su tapa. “La nueva normativa hará que físicamente la tapa vaya siempre unido con la botella, se mejorará”, añade Pietx. Ecoembes no dispone de los porcentajes actuales de envases tirados con su tapón o por separado. Algunas botellas, especialmente de agua o de bebidas isotónicas, ya llevan unido físicamente el tapón a su envase.

La nueva normativa europea, en fase de tramitación, amenaza el futuro de la diversidad de campañas solidarias en base a la recogida de la tapa.

¿Qué son los bioplásticos o plásticos biodegradables?

¿Cuáles son los materiales que se consideran bioplásticos? ¿De qué factores depende la degradación de los bioplásticos?

Se definen como bioplásticos a aquellos materiales fabricados a partir de recursos renovables (por ejemplo, almidón, celulosa, melazas, etcétera) y también a los sintéticos fabricados a partir de petróleo que son biodegradables (por ejemplo, la policaprolactona). Esta clasificación incluye las mezclas de ambos tipos, tal como las de almidón y policaprolactona, ya comercializadas en el primer mundo.

La biodegradabilidad es la degradación de sustratos complejos por parte de microorganismos siguiendo vías metabólicas catalizadas por enzimas segregadas por estos últimos, para obtener sustancias sencillas, básicamente agua, dióxido de carbono y biomasa, fácilmente asimilables por el medio ambiente.
La velocidad de la biodegradación depende de la flora microbiana, la temperatura, la humedad y la presencia de oxígeno. Los microorganismos no segregan enzimas capaces de romper las uniones químicas de las macromoléculas poliméricas que constituyen los plásticos sintéticos commodities más usados comúnmente (en su mayoría derivados del petróleo), como polietileno (PE), polipropileno (PP), policloruro de vinilo (PVC), polietilentereftalato (PET), poliamidas (PA), poliestireno (PS), poliuretanos (PU), etc., por lo que estos materiales, de gran uso en la vida moderna, no son biodegradables.
Si no son biodegradables: ¿por qué se siguen usando entonces?, es la pregunta tantas veces formulada. Con los bioplásticos ocurre que su uso cobra real importancia sólo cuando, con un adecuado análisis de ciclo de vida (life cycle analysis) favorable, se cierra el círculo desde las materias primas hasta la disposición final de los residuos orgánicos que encara una determinada comunidad, y su aprovechamiento en la generación de biomasa.

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